Cuento infantil | Maricruz  y sus rosas de mil colores

Cuento infantil | Maricruz y sus rosas de mil colores

Por Bernardo José Rivero Ramos

-Maricruz, regálame una rosa-, le decían sus amiguitas.

Maricruz llegaba al colegio todos los días con lindos manojos de flores y las repartía entre sus compañeras y profesoras. Fue siempre su detalle desde el primer día de  clases.

Doña Dalia, la mamá de  Maricruz, le había inculcado desde pequeña ese amor por la naturaleza. Tenía un hermoso jardín, cultivado desde sus primeros años de matrimonio con don Jacinto. Lo había sembrado a la entrada de su casa, de tal manera que los visitantes a su llegada disfrutaran del colorido y del olor de las flores. Los jardines tienen siempre esa doble sensación.

La casa, construida de madera en forma de ele, estaba en el centro del solar, debidamente protegida con un cercado de cactus, en donde habían, además, árboles frutales: mangos, guayabas, guanábanas, tamarindos, cocos, que combinaba la belleza tropical de aquella vivienda.

Doña Dalia cuidaba su jardín con dedicación y esmero; y desde muy pequeña, todas  las mañana, llevaba a Maricruz para que fuera conociendo como se regaba, se le quitaba malezas y le realizaban  limpieza. Platicaba con las flores como si fueran sus pequeñas amigas y la niña disfrutaba de esas minuciosas tareas. Cuando tuvo edad escolar, fue llevada al pueblo en donde sus maestras y compañeras compartieron la dulzura, el buen trato y el compañerismo que ella les ofrecía.

Maricruz seleccionaba las flores más hermosas y las depositaba en un jarrón que le había regalado su madre, que tenía en el nochero de su habitación. Decía que era para el Ángel de su protección. Su Ángel de la guarda. Las cambiaba todos los días con un rigor y una tenacidad, que se volvió  obsesivo para ella.

-Angelito, Angelito, protégeme, acompáñame, no me desampares ni de noche ni de día-.

Los domingos iba a la iglesia con sus padres y llevaba flores para el altar. Allí se encontraba con Abelia, su amiga inseparable, su mejor compañera.

El invierno vino como todos los años y trajo la lluvia para refrescar el jardín. Una noche la familia estaba reunida, haciendo su oración cotidiana, Repentinamente un destello de luz iluminó la casa, acompañada de un estruendoso ruido y Maricruz quedó en tinieblas.  Un rayo  había caído sobre la vivienda.

-Mamá, mamá, ¿dónde estás?

-¡Mamá, mamá, no veo! Gritaba despavorida.

La lluvia arreciaba y Maricruz se frotaba sus hermosos ojos color miel, tratando aclarar lo sucedido. Su mamá no le respondía, su padre tampoco. A tientas logró sentir a doña Dalia en el piso. Desesperada la movía, la abrazaba, la besaba.

.-Mamá, ¿qué te pasó?, mamá, ¡despierta!-.

– ¡Papá!, clamaba llena de miedo.- ¿¡Donde estás!?……….

-¡Papá, no veo!………..

La niña empezó a gritar, a pedir auxilio y se ahogaba en llantos. No entendía lo que pasaba. Lloró desconsoladamente toda la noche al lado del cuerpo de su madre y no se movía porque había perdido la visión. La intensidad de la luz del rayo le había quemado sus pupilas.

-¡Angelito, ¿por qué me has abandonado?!……….

-¡Angelito, no me protegiste……Angelito ¿por qué dejaste que mi madre muriera?¡……….reclamaba Maricruz

Y lloraba sin parar.

A la mañana siguiente llegaron vecinos y se encontraron con aquel cuadro trágico y doloroso. La niña fue recogida por Magnolia, una tía; y los vecinos organizaron y realizaron el traslado de las tres víctimas al pueblo, quienes de inmediato fueron remitidos de urgencia a la ciudad. Los tres perdieron la visión; sin embargo, don Jacinto y doña Dalia presentaban graves lesiones por quemaduras en su cuerpo y ambos también perdieron la movilidad. Los médicos lograron salvarles la vida pero quedaron ciegos y parapléjicos.

Maricruz fue dejada en la ciudad y Margarita, una tía materna, se encargó de sus cuidados. Le consiguió unos maestros que le enseñaron el alfabeto braille y pudo adelantar sus estudios. Nunca le contaron que sus padres vivían y creyó todo el tiempo que estaba huérfana. La tía Magnolia se encargó de los dos enfermos, de  la finca y de conservar el jardín.

A los 22 años se graduó con honores en la universidad, como maestra de Pre-Escolar. Le pidió a su tía Margarita, como regalo de grado, que la llevara de paseo a la finca de sus padres. Ante su insistencia, la tía decidió concederle el deseo y viajaron.

Llegaron por la noche y la primera sorpresa fue enterarse que sus padres aún estaban con vida, a pesar del problema físico que padecían. Fueron interminables horas de llanto de alegría y de tristeza; de fuertes reclamos a sus tías por ocultarle la verdad. Esa noche durmió en la misma habitación en que lo hacía cuando niña. Encontró el jarrón y las flores que su tía, Magnolia, seguía depositando con religiosidad al Ángel de la guarda.

A primeras horas de la mañana despertó con el olor de las flores y sorpresivamente escuchó la voz de Abelia, su amiga de infancia, quien se había enterado de su llegada y  la pudo distinguir por la forma como siempre le pronunciaba la frase:

-Maricruz, regálame una rosa.

Maricruz gritó de alegría, se abrazó con su amiga y después de enjugar sus lágrimas, Abelia la agarró por la mano, la llevó al jardín; la joven pidió que le llevara también a sus padres y allí, en ese momento, a través de una brisa suave y tenue escuchó la voz más dulce, tierna y hermosa que jamás había escuchado en su vida:

-Maricruz, regálame una rosa.

Un coro celestial se escuchaba a la distancia, entonando hermosos villancicos y lentamente le fue apareciendo en el cielo una inmensa rosa de variados colores, al lado una gigantesca frase con luces titilantes y resplandecientes que decían FELÍZ NAVIDAD, en ese instantes  sus padres se levantaron de sus sillas de rueda, recobrando la visión y corrieron hacia Maricruz para darle el más amoroso de los abrazos; el Ángel de la guarda les había devuelto, lo que por un descuido suyo, la vida les había quitado. Ante sus ojos resplandecieron las rosas de mil colores, las gardenias, las dalias, las margaritas y todo el jardín acompañado del susurro de una brisa que batía sus hojas y sus flores  le daban la bienvenida a Maricruz, en medio del canto de los pajarillos y el claro esplendor de un día de verano. Ante el milagro juró al señor que continuaría acompañando por el resto de sus días a sus padres, de  cuidar del jardín y de enseñarles a los niños el valor y la importancia de la naturaleza y a creer en un Dios que es bueno y misericordioso. Era Navidad, los niños disfrutaban de sus vacaciones y de la época más linda del año; mientras que en todos los lugares del pueblo había muchísimas rosas de mil colores, del jardín de Maricruz, adornando los hogares.

Planeta Rica, Noviembre 22 de 2014

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