El San Jorge en la obra literaria de Gabo

El San Jorge en la obra literaria de Gabo

Gabriel García Márquez creó un vasto universo literario inspirado en leyendas, seres míticos y cantos vallenatos. La historia de la familia Buendía a lo largo de siete genera­ciones en el pueblo ficticio de Ma­condo fue una de esas creaciones en las que imprimió un estilo ori­ginal que hoy se le denomina como realismo mágico.

“Lo que escribo es robado de la vida real” expresó en múl­tiples ocasiones el único premio Nobel que ha tenido Colombia y que hace cuatro años murió, pero que para millones de hispano­parlantes se fue para la inmortali­dad.

En su obra literaria García Márquez citó a la región del San Jorge en dos oportunidades. En el relato los Funerales de la Mamá Grande son mencionados los cha­lanes de Ayapel y las lavadoras del San Jorge para hacer alusión que el pueblo llano estuvieron presentes en la despedida de la soberana absoluta del reino de Ma­condo.

En el libro Del amor y otros demonios, García Márquez vuelve a mencionar a Ayapel refiriéndo­se a una hacienda de ganado que donó a la iglesia el marqués de Ca­sualdero antes del novenario de su esposa.

En esa misma novela publi­cada en 1994, el personaje princi­pal es una marquesita que mordió un perro rabioso en un mercado, es llamada Sierva María de todos los Ángeles. En una crónica que hizo el ya fallecido periodista ba­rranquillero Ernesto McCausland Sojo, explicó que el nombre de la protagonista fue puesto para re­memorar una canción del maestro Alejo Durán, quien se coronó como primer rey de la leyenda valle­nata y murió en Planeta Rica.

El escritor se refiría a Ayapel en sus obras porque su padre el te­legrafista trabajó durante un corto tiempo en esa población del San Jorge y quizás le contó de su paso por la región.

En sus memorias Gabo cuenta que su padre Gabriel Eligio “era un ejemplar distinguido de aquella estirpe descamisada. Des­de los diecisiete años había tenido cinco amantes vírgenes, según le reveló a mi madre como un acto de penitencia en su noche de bodas a bordo de la azarosa goleta de Rio­hacha vapuleada por la borrasca. Le confesó que con una de ellas, siendo telegrafista en la población de Achí a los dieciocho años, había tenido un hijo, Abelardo que iba a cumplir tres. Con otra, siendo tele­grafista de Ayapel, a los veinte años, tenía una hija de meses a la que no co­nocía y se llamaba Carmen Rosa”.

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