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Espiritualidad | De puertas abiertas

Espiritualidad | De puertas abiertas

Cuando menos lo esperamos la vida nos sorprende. Sin embargo, para que nos encontremos con cosas nuevas y gratas, es preciso no ‘cerrarnos en banda’ para permitir que nuevas personas e historias lleguen a nuestras puertas.

Jesús nació en un rancho. En las Sagradas Escrituras se lee que el Niño Dios tuvo como cuna a un sencillo hogar, en medio de un portal. Por eso fue que cuando llegaron los Reyes Magos no necesitaron tocar ni esperar para entrar. ¡Las puertas estaban abiertas!

Ellos, con sus regalos, entendieron que se encontraban justo en el hogar de nuestro Creador.

En la vida actual, ¿Qué tan abiertos estamos a las bendiciones?

A veces nos encerramos y no permitimos que nadie intente entrar en nuestros corazones. Es decir, en más de una ocasión somos nosotros mismos quienes les cerramos las puertas a las oportunidades.

Somos reacios a esas situaciones fortuitas que, si bien son inesperadas, llegan cargadas de historias nuevas y con experiencias que vienen a ayudarnos a escribir grandes capítulos.

En mi caso celebro el hecho de haber conocido a tanta gente que, sin estarla buscando, apareció y le dio un bonito tono a mi existencia.

¿Por qué será que construimos un absurdo muro de ladrillos y no permitimos que nadie lo atraviese?

Levantamos esas ‘barreras de cemento’ con los demás y jamás nos permitimos conocer a más gente.

Hay grandes personas de las que podemos aprender y así mismo hay otras a las que podríamos enseñarles. En ese orden de ideas, vale la pena permitirnos explorar otros mundos.

Preguntémonos lo siguiente:

¿Les damos chance a los demás para que sepan de nosotros? ¿Cómo estamos tratando a quienes viven cerca? ¿Nos ven alegres, optimistas y amables? O de pronto parecemos ‘puertas viejas’ que no saben sino chirriar de manera desentonada.

La vida tiene su ritmo y ella no se alterará solo porque sí. Hay que saber escuchar, atender y contemplar el ‘día a día’ con la mente abierta y sobre todo hay que estar dispuestos y con el corazón despierto a lo que Dios nos regale.

Deberíamos ser de puertas abiertas para permitir que nuestra vida crezca, entre otras cosas, para que las bendiciones del cielo nos abriguen con la misma sencillez que lo hicieron en su tiempo con el Niño Dios.

Hay que disfrutar lo que tenemos, sonreírle al que está junto a nosotros y permitirnos compartir.

Si bien ‘arriesgamos’ al ser amplios con el amor, la amistad y la misma vida, debemos ser conscientes de que lo peor que nos puede pasar es que luego estemos acongojados porque no vivimos al máximo la vida de hoy.

Las cosas buenas siempre llegarán si confiamos, si dejamos que todo fluya y, sobre todo, si ponemos las cosas en manos de Dios.

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