Espiritualidad | Recompensas

Espiritualidad | Recompensas

Dicen por ahí que todo lo que recibimos, de alguna forma, es porque nos lo merecemos.

Cuando recibimos es porque primero hemos dado, y a eso se le suele llamar ‘recompensa’.

Soy un convencido de que cada uno de nosotros, en el momento de Dios, recibirá una justa recompensa.

El esfuerzo continuo e infatigable, guiado por la perseverancia, siempre rendirá frutos.

Todos recibiremos los debidos reconocimientos por las buenas acciones que hagamos, por los servicios prestados a los más necesitados o por los méritos que despleguemos en la cotidianidad y en pro de los demás.

Esta ‘regla divina’ la percibo en el ‘día a día’ con mis compañeros de trabajo, con mis familiares, con otras personas y conmigo mismo.

Realmente son increíbles las múltiples formas que tiene la vida para premiarnos. Si vivimos de manera sana, intensa y entregada por alguna causa, tarde o temprano del cielo nos lloverán bendiciones.

Ahora bien, el tema no es solo material. Hemos de saber que desde un simple ‘gracias’ hasta la sencilla satisfacción por el deber cumplido pueden ser suficientes para ser recompensados.

Es más, el solo hecho de sentirnos a gusto con nosotros mismos es una retribución, incluso podría llegar a ser la más grande de todas.

Porque lo más importante de las recompensas es que al final todas ellas son justas y llegan en las situaciones apropiadas; además, siempre ‘bañan’ a las personas que se las merecen.

En este tema, con relativa frecuencia, solemos afanarnos. A veces creemos que debemos ser recompensados de inmediato, cuando todo nos llega en el tiempo de Dios.

En las Sagradas Escrituras he leído muchas historias de personajes que esperaron años o incluso décadas antes de que las promesas del Señor se cumplieran en ellos.

Lo cierto del caso es que en todo momento y lugar debemos trabajar para ser buenos modelos a seguir, entre otras cosas, para que otras personas puedan admirarnos y de paso emulen nuestras buenas acciones. Esto también será una gran recompensa porque nos mantendrá motivados y agilizará el éxito en lo que deseemos lograr.

¡Bueno! Me es preciso anotar que esta ley de la ‘siembra y la cosecha’, por llamarla de otra forma, tiene aplicación para todas las áreas de nuestra vida.

Además, si nos portamos bien nos irá bien; pero si actuamos mal, del mismo modo tendremos que pagar por ello.

La clave es hacer lo correcto y sacarle el quite a la ilegalidad. Lo digo porque, a veces, en medio de nuestro trabajo pueden aparecer tentaciones que nos hagan pensar que todo será más fácil sin trabajo ni esfuerzo alguno. ¡Nada más equivocado que eso!

En cualquier momento en el que estemos en duda con respecto a un deber, una tarea o una misión que debamos realizar, no hagamos nada hasta tanto le dediquemos una oración a Dios. Y lo que sea que el Señor nos indique que debemos hacer, eso será lo correcto; porque si seguimos sus dictados, todo nos saldrá bien.

POR: EUCLIDES KILÔ ARDILA

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