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Alejo Durán: 30 años de su partida

Alejo Durán: 30 años de su partida

“No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el corazón”
Gabriel García Márquez

Amigo de sus amigos, enamorado de la vida y de las mujeres a las que siempre acarició con las notas de su acordeón, de hablar pausado y grave, su conversación era un baúl de sorpresas marcadas con el sello de la humildad y del sentimiento; de ahí aquella frase que hizo famosa: “Al amor no se le llora, se le canta”. Así era Gilberto Alejandro Durán Díaz.

Nació el 9 de febrero de 1919 en El Paso, un pueblo de El Cesar, de gente limpia de corazón, incansables para trabajar y donde se mueren de viejos. Allí estaba establecida su familia, por tradición ligada a la música. Nafer Durán, su padre, de piel morena, manos gruesas y callosas, combinaba el oficio de vaquero con el de acordeonero y Juana Francisca Díaz, su madre, mujer esbelta y sencilla, era cantadora de tamboras, ellos influyeron en su estilo, y en su manera de interpretar cantos en ritmo de paseo como Candela viva, Mi compadre se calló, El pañuelito, y La perra, entre otros.

De niño recibió clases de su tío Federico, hombre fornido al queapodaban el sabio, por ser de los pocos habitantes del pueblo queterminaron bachillerato. Por esos días Alejo se unió a las cuadrillas detrabajadores de la hacienda Las cabezas, y de todas las que estaban cerca, hasta cumplir su mayoría de edad. Eran hombres fuertes que, alfinal de la tarde contaban sus penas y sus alegrías, como manera derefrescar el alma, y echaban al viento las canciones de los juglares que parecían conocer sus juegos del corazón. Esos seres anónimosse convirtieron en el primer público de aquel joven que, con sonrisaalegre e inocente, los alegraba con cantos acompañado de una guacharaca.

Cuando cumplió 24 años comenzó a soñar con la vida. El acordeón sehabía convertido en su más fiel compañero y así, con sus amigos,  entonaban sus alegres cantos y al son del Amor amor, improvisaban versos, en parrandas hasta la madrugada. Alejo no tomaba licor, tocaba el acordeón mientras sus amigos empinaban tragos de ron.

En 1950 llegó a Barranquilla y su primer empleo fue como mecánico, pero gracias a su constancia, meses más tarde pudo grabar Guapajé con el sello Atlantic, un sencillo que vendía de pueblo en pueblo, de esa manera, y a través de los radios de tecla que la compañía Phillips vendía, su voz comenzó a instalarse en los pueblos de la Costa.

Alicia adorada, Pedazo de acordeón, Sielva María, La cachucha bacana, 039, son algunos de los éxitos que brotaron de su garganta, y de sus manos que acariciaban los teclados del acordeón. Un instrumento que entendió que, con él, las cosas eran a otro precio, que con él había que pisar y sonar fuerte, que con él los bajos eran protagonistas, y que había que sonar con la misma calidad un lamento que un merengue.

Alejo logró romper las barreras que en Barranquilla y el interior del país le habían puesto al vallenato, hasta el punto de catalogar como ‘corroncho y montuno’, como lo contó alguna vez, a quien escuchara esta música, paseándose por Colombia y por el exterior llevando el mensaje de nuestro folclor, “… porque es mi deber poner bien alto el nombre de mi patria, yo no importo, importa mi país, mi pueblo, mi folclor”, así lo declaró en una ocasión.

Músicos como Alejo, que reúnan tanta calidez humana y calidad musical, no se dan en Colombia por cantidades. Nunca habló mal de sus colegas, a todos respetó y, aunque no compartía el vallenato moderno, decía: “lo importante es que al público le guste y eso es suficiente. Lo malo es que yo cambie”. Con Alejo se podía charlar todo un día sin que repitiera una anécdota. Su gracia era única.

Cuando salió de su pueblo en 1968 a presentarse al Festival Vallenato, en una parada del bus y mientras esperaba en la carretera, una joven le preguntó: “¿Y usted para dónde va?”, “¿Yo?, para el Festival en Valledupar”, le respondió. “Usted tiene concha, presentarse a un Festival donde van a tocar Luis Enrique Martínez y Alejo Durán”, le dijo ella, entre risas.

Cada canción de Alejo era una vivencia. No se sabe a ciencia cierta cuántas mujeres tatuaron en su corazón su imagen de bonachón, a todas las trató como a reinas. A diferencia de la composición de hoy en la que se ultraja a las mujeres, Alejo las elevó a un pedestal. Así está plasmado en muchas de sus composiciones: “la mujer y la primavera / ay son dos cosas que se parecen / la mujer huele cuando está nueva / la primavera cuando florece”.

¿Qué cuantos hijos tuvo? En una ocasión el cronista Alberto Salcedo Ramos le hizo esa pregunta y el maestro, después de enumerar con los dedos, le respondió:

– Bueno, veinticuatro en total.
– ¿Veinticuatro? ¿Y todos con la misma?
 Sí, con la misma, pero con distintas mujeres.

Un 30 de abril de 1968 Valledupar aclamó hasta el delirio a este extraordinario músico que con su ‘pedazo de acordeón’ había conquistado el corazón del jurado y del pueblo. Se coronaba como primer Rey vallenato. En ese mismo año se celebran las Olimpiadas en México, Alejo asistió como parte de la delegación artística; en relación con lo artístico recibió una medalla de plata y a la postre fue la única que conquistó nuestro país.

Y Alejo fue creciendo como un árbol frondoso que daba a todos por montón dulces frutos y la más deliciosa sombra. Fue, y sigue siendo, ejemplo para todas las generaciones, no solo de intérpretes del vallenato sino de todos los que con sus canciones vibramos de emoción. Su humildad y respeto son comparables a la de aquellos personajes bíblicos que nos enseñara el profesor de religión en la escuela.

En 1987 demostró con hechos esa humildad que era tan natural en él como su ‘apa’. Se disputaba en Valledupar la corona de Rey de Reyes. Alejo en su presentación cometió un pequeño error en la ejecución de su instrumento (carajo los grandes también se equivocan), que ni el jurado ni el público habían percatado. Pero Alejo dejó de tocar, presentó disculpas al público: “Perdón señores, yo mismo me he descalificado”. Y siguió tocando como los dioses, como sólo él sabía hacerlo. El público ante tan caballeroso gesto respondió con un aplauso que hizo vibrar el valle del Cacique Upar; algunas personas cuentan que el mismísimo santo Ecce Homo se soltó las manos para también aplaudir. El jurado lo eliminó, como era de esperarse. Reunido en la plaza el pueblo protestó la decisión. Un mes más tarde, y en un acto de desagravio, en Planeta Rica lo coronaron.

Hay quienes afirman que aquello de equivocarse lo hizo adrede, pues se corría en todo Valledupar, incluso entre Alfredo Gutiérrez, Luis Enrique Martínez y los otros concursantes, que todo estaba arreglado para que Colacho Mendoza ganara, y Alejo lo que hizo fue ponerle las cosas fáciles al jurado para que cumpliera con lo planeado.

Un día decidió clavar sus raíces en Planeta Rica. Allí todas las tardes, después de laborar en su tierrita, regresaba montado en bestia o a veces en bicicleta, y se sentaba en la puerta de la casa a tomarse un café cerrero y a contarles historias a sus nietos. El negro grande murió el 15 de noviembre de 1989, a la edad de 70 años. El pueblo entero lo declaró su hijo adoptivo, y lo sembraron en su tierra para que germinara la semilla del amor. Allá reposa, con sus restos, su pedazo de acordeón. Con él la frase “No ha muerto, vive en nuestros corazones”, se convierte en una verdad de a puño, también sus canciones siguen más vivas que nunca, y cada vez suenan mejor.

Sobre el féretro de Alejo Durán fue puesto su acordeón y la corona de primer Rey Vallenato.

Víctor González Solano
Autor del libro Alejo Durán, el juglar inmortal.

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