Espiritualidad | Nos dimos cuenta de cuán frágiles somos

Aunque solemos ser arrogantes, en el fondo somos como una brizna de lluvia que aparece y desaparece. Sin embargo, pese a esa fragilidad, no podemos dejarnos llevar por la debilidad o por la impotencia.

Creo que la mayor enseñanza que podemos aprender de los tiempos duros de hoy consiste en darnos cuenta de cuán frágiles somos. ¡No podemos dar por sentado nada en nuestro alrededor!

A veces olvidamos que no tenemos la vida comprada y que algunas cosas están un poco más allá de nuestro control.

Solemos caminar por nuestro mundo creyendo que vamos a la fija por un camino seguro y, de repente, en un ‘abrir y cerrar de ojos’ se nos mueve el piso.

Pensamos que todo es eterno, sobre todo cuando tenemos ‘suficientes’ recursos económicos y gozamos de buena salud. Todo eso nos llena de arrogancias, petulancias y soberbias y, cuando menos pensamos, lo que sentíamos que era nuestro se nos escapa como el agua entre las manos.

Con esto quiero decirles que si entendiéramos que la vida no gira en torno a nuestros caprichos, sino que todos somos un universo donde cada elemento de ese mundo cumple su misión, seríamos más sabios y comprenderíamos que todo lo que afecte al otro también nos afecta a nosotros.

Esta corriente individualista, que nos ha hecho tanto daño por generaciones, en este momento tiene que destruirse poco a poco para que sepamos que esas ideas no nos llevan a nada más que a estar solos, enfermos, tristes y sin nadie para sobrellevar los pesares.

La vida y el mundo nos están poniendo contra la pared porque quieren que entendamos que debemos cambiar si queremos un mejor futuro para nosotros y para nuestros hijos.

Ayer teníamos muchos planes, hoy todo eso se quedó en papel porque hay cosas más grandes y poderosas que deciden qué pasará y qué no en nuestras vidas.

Los seres humanos debemos aprender otra a vez a cuidarnos, a relacionarnos con los otros, a respetar, a dar amor, a tener buenas acciones con los demás. La envidia, el odio, el egoísmo y la violencia nos demuestran una vez más que eso no nos lleva a nada bueno.

Procuremos ser mejores personas si queremos que nuestro mañana sea diferente. Tomémonos un tiempo, en medio de esta cuarentena y reflexionemos sobre esos pendientes que tenemos por hacer. Y en medio de nuestra fragilidad seamos conscientes de que no podemos esperar que todos nos llueva del cielo.

Cerremos los ojos y respondamos con sinceridad las siguientes preguntas: ¿Qué quisiéramos agradecerles a nuestros padres? ¿A cuántos buenos maestros recordamos hoy? ¿A cuántos de los humildes, generosos y pacientes servidores como el portero, el celador, el policía, el enfermero, el lustrabotas, los vecinos que se han cruzado en nuestro camino de la vida y que nos han ayudado de tantas formas, valdría la pena darles las gracias? ¿Qué otra cosa vale la pena agradecerle a Dios?

¡Un abrazo y mucha luz!

Por: Euclides Kilô Ardila

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