Opinión | Colombia, el país en el que ser niño es un peligro

Opinión | Colombia, el país en el que ser niño es un peligro

El pasado 2 de marzo, en el municipio de Calamar (Guaviare), murieron varios niños en un bombardeo del Ejército Nacional contra disidencias de las farc, hecho que resulta lamentable independientemente de la ideología política con la que cada quien se identifique, pues al margen de las diferencias, esta sociedad debe entender que la vida es sagrada, con mayor razón la de aquellos que resultan más débiles e indefensos. Alegrarse o justificar la muerte de un niño demuestra lo enferma y descompuesta que está la sociedad.

Se trataba de niños y no de máquinas de guerra como lo manifestó un alto funcionario del Gobierno Nacional, con esperanzas y sueños, a los que el eterno conflicto en el que vivimos les arrebata su inocencia y en últimas la existencia. Niños cuyos derechos deben primar sobre cualquier otra cosa, a los que antes de catalogar como delincuentes se debe entender que son víctimas, víctimas de la realidad en las que por esas cosas de la vida y del destino les tocó existir, en un país indolente e indiferente que se ha acostumbrado a los abusos, maltratos y vejámenes contra su niñez; un país que cree que las posturas políticas extremas lo pueden justificar todo como si se tratara de tener la razón aún por encima de valores esenciales como la vida y el respeto que merecen criaturas abandonadas a su suerte por el sistema.

Uno de esos menores era Danna Liseth, una niña de 16 años de edad, víctima de reclutamiento forzado a la que seguramente el destino en este país del sagrado corazón no le deparaba un camino diferente, pues según se sabe, en una de sus últimas conversaciones a través de “whatsapp” solicitaba a un profesor ayuda para poder matricularse y así estudiar. Estudiar y superarse a través del conocimiento era lo único que pedía, pero al parecer esta patria que cada vez nos duele más, y cada vez parece más perdida, sólo le podía ofrecer el ruido de fusiles y bombas destinadas a los compatriotas de esas zonas distantes y abandonadas que parecen no pertenecer a este país.

Ese grito de auxilio plasmado en esa conversación, al parecer aún es sordo para quienes rigen los destinos de este país, quienes creen que la única forma de hacer presencia estatal es con la instalación de bases militares y el sonido de la guerra, olvidando que esa Colombia abandonada sólo quiere un mejor futuro para sus niños, un futuro que se logra con hospitales, escuelas, universidades, parques y escenarios deportivos, que les permitan por lo menos soñar con ser médicos, profesores o deportistas, y que los hagan olvidar el miedo que les produce la guerra que los aguarda aún al interior de sus viviendas.

El llamado es a no ser indiferentes con lo que está sucediendo, a no ver las víctimas como simples cifras que no nos tocan ni nos duelen porque las consideramos ajenas, pues esta tierra ya no merece que se le derrame más sangre, ya no aguanta otra explosión que cercene la vida de un niño.

Mambrú ya no quiere ir a la guerra, mambrú sólo quiere estudiar y que lo dejen ser niño.

Por Juan Carlos Castilla Cruz

Abogado

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