Opinión | El placer de ser de pueblo

Opinión | El placer de ser de pueblo

Por: Juan Carlos Castilla Cruz*

Las redes sociales se han convertido en un verdadero campo de batalla, en el que en su mayoría desconocidos se enfrascan en disputas variopintas, claro está, desde la seguridad que da el no ver al adversario y desde la cómoda trinchera que ofrece una pantalla y un teclado.

Recientemente se armó mayúsculo escándalo porque un cantante, del que sólo recuerdo su presentación en un programa musical de televisión, y del que no he escuchado canción alguna, manifestó que Montería era un pueblo, osadía que muchos tomaron como la peor ofensa que se le puede hacer a la Perla del Sinú. No sabiendo los ofuscados, que sus mensajes dolidos en contra del señalamiento referido sólo le dieron trascendencia a un hecho que no la tiene, y a un personaje desconocido para muchos, al cual apedrearon virtualmente y hasta sacaron a relucir los esfuerzos que hizo su progenitora para hacer de él una persona de bien, como si ello tuviera algo de malo.

Reconozco, me alegran y admiro los avances que ha tenido Montería en distintos campos, pero ojalá nunca deje de ser un pueblo en el mejor sentido de la expresión, porque las poblaciones cuando pretenden convertirse en grandes ciudades pierden su encanto, ese que le permite a sus habitantes llevar una vida tranquila y apacible en la que el tiempo parece trascurrir sin afanes, lo que me hace recordar al Maestro Adolfo Pacheco, este sí un compositor, cantante y juglar conocido, quien en su canción El Viejo Miguel, manifiesta ante la partida de su padre de su pueblo natal -San Jacinto Bolívar, a la ciudad de Barranquilla, desespero y dolor, porque ésta última, por el hecho de ser ciudad “tiene su destino y tiene su mal para el provinciano”; seguramente haciendo referencia a que en la ciudad la vida transcurre a otro ritmo, en el que el provinciano se convierte en un fulano más porque seguramente ya no va a encontrar quien lo salude en cada esquina, ya no va a poder caminar apacible y lentamente, porque todos corren como si fuesen a llegar tarde a su propio funeral, y seguramente en el diario devenir ni siquiera va a tener tiempo para ver a la familia, porque créanlo, a veces se sale a trabajar cuando ni siquiera el sol ha asomado, y se regresa a casa cuando este ya se ocultó.

El pueblo tiene sus encantos, placeres y bondades que jamás la ciudad más encumbrada y desarrollada podrá tener, en la metrópolis somos personajes anónimos porque llegamos al extremo que incluso los vecinos son eternos desconocidos, y jamás nos van a identificar en la calle como el hijo de fulano o de mengano, o el vecino de toda la vida, lo que nos hace sentir extraños aún en el lugar que hemos habitado desde hace mucho tiempo, y lo que anula muchas veces cualquier sentido de fraternidad y colaboración, por el contrario, todos desconfían de todos.

Recuerdo a un amigo que una vez dijo: “Sabroso es el pueblo porque si no tengo plata para la cerveza en la tienda me fían, y si me emborracho alguien cualquiera me lleva a la casa, todos saben donde vivo”, en la ciudad ni se le ocurra hacer eso, sería tentar la suerte, basta con ver las noticias.

Por lo expuesto, lejos de sentirse ofendidos cuando les digan que son de pueblo, siéntanse orgullosos porque la gente de pueblo es transparente -como el agua-, solidaria y en todos ven a un amigo al que puede tendérsele la mano, vive sin afán y hasta tiempo tiene de ver a la familia a la hora del almuerzo.

Para ofenderse existen otros hechos que sí tienen relevancia, como el saqueo de los recursos públicos por los políticos de turno, ojalá a éstos los lapidaran, no en las redes sociales sino en las urnas.

*Abogado

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