Ayapel, sortilegio de García Márquez

Por: Johnny de la Ossa B.

El violín ejecutado con gran habilidad expulsaba una armonía tan agradable que deleitaba las noches oscuras del pueblo. El joven ejecutor estropeaba el silencio nocturno con tanto agrado que las melodías que brotaban de las cuerdas seducían a los vecinos a luchar contra el sueño. Era el otro oficio del telegrafista, quien disfrutaba de su arte recreando con su hábito al vecindario, o en aquellas serenatas que acompañaba con cualquiera errante bohemio en su perenne costumbre de mujeriego, tal vez impulsado por la heredad hacia los encantos femeninos. El incipiente artista parecía una especie de extraño trashumante, porque ni bebía ni fumaba

Llegó de Achí. Gabriel Eligio García desembarcó en Ayapel cuando tenía alrededor de veinte años. Vino trasladado de su función de operador del radiotelégrafo, un receptor y trasmisor de signos del alfabeto morse que con inigualable pericia operaba la compleja combinación de señales intermitentes que representaban a través de puntos y guiones el juego de palabras de los mensajes. En ese poblado del sur de Bolívar dejó un vástago… Abelardo. Aparte de su violín cargaba los primeros conocimientos de homeopatía, convirtiéndolo en un personaje que adornaba cualquiera conversatorio por los cuentos magistrales que relataba con gran fluidez; a la vez que escuchaba las historietas del pueblo para almacenarlas en su memoria y aderezarlas con su imaginación en otros lugares donde le tocara relatarlas.

Era común que los niños se aglomeraran a presenciar y a escuchar la ejecución magistral de su violín. Los mayores también se deleitaban y, más, las mujeres le coqueteaban en esos momentos que se engarzaba sobre el hombro el instrumento para producir esa resonancia cautivante.

El personaje no era otro distinto que el papá de Gabriel García Márquez, Gabriel Eligio García, a quien su madre, la caimitera Argemira García, le colocó como primer apellido el García, al niño que parió por culpa de ese fugaz juego de entrepiernas con Gabriel Martínez Garrido en Sincé a la edad de catorce años. La investigación muy bien documentada del periodista paisa Dasso Saldívar y publicadas en su trabajo García Márquez: el viaje a la semilla, establece que el primer apellido correcto del nobel de literatura colombiano, de acuerdo con su árbol genealógico, debió ser Garrido. Pero, por la rancia costumbre de la Iglesia Católica en aquellos tiempos, el padre de García Márquez, también hijo natural, le invirtieron los apellidos, ya que sus progenitores fueron la sinceana Soter Martínez con el momposino Leandro Garrido Piñeres. 

Las travesuras coquetas del galán de Sincé cayeron imantadas ante la belleza de Carmelina Hermosillo, una joven ayapelense, delgada, ni alta ni bajita, dueña de facciones delicadas, rasgos de una fémina hermosa, genotipo de la mujer caribeña; como la describe el abogado Fernando Ávila Aguado, quien tuvo la fortuna de compartir con ella en su niñez cuando se fue a estudiar a San Marcos. Agrega, Ávila Aguado, que poseía, además, una extraordinaria amabilidad y lo mejor de ella… una gran conversadora, atributos símiles que acercaron más a la pareja de enamorados.

Fue el primer verdadero amor del papá de Gabo, según lo relata el biógrafo inglés Gerald Martin en su obra Gabriel García Márquez: Una vida. La traga amorosa del telegrafista lo llevó a pedirle en una noche lluviosa de agosto de 1924 que se casara con él, para colmo, con el beneplácito anticipado del presbítero asturiano Ramón Santoleria, párroco de Ayapel, el mismo que bendijo en ceremonia religiosa las nupcias de la pareja libanesa conformada por don Neguib Abisambra Yunne con doña María Abisambra Abuathme un 6 de enero de 1924. En la celebración de la boda el telegrafista, homeópata y poeta sacó a relucir sus dotes con una tanda de música de violín que don José Arabia, padrino de la boda y padre de Jorge y Juan Arabia, y abuelo, a su vez, del ayapelense José Arabia Abisaad —varias veces alcalde popular de Caucasia—, se emocionó tanto que se emborrachó, le vomitó la sala de la residencia de los Abisambra y de paso le pringó la sotana al cura Santoleria.

—Mi amor, me voy para Barranquilla a traer las cosas para el matrimonio —le dijo Gabriel Eligio a Carmelina.

—Acuérdate de los zapatos… que el tacón que no sea tan alto —le respondió la ilusionada Carmelina Hermosilla.

—¡Claro, amor!, el vestido será como te gusta. Y una corona de flores que lucirás con un velo que se desprenda para cubrirte tu bello rostro —el enamorado de Gabriel Eligio se despidió con un fugaz beso en la mejilla de su novia.

Viajó a Barranquilla con el propósito de realizar los preparativos de la boda. El joven se fue con la intención de cumplir a su palabra. Al encontrarse con el pérfido de Carlos Enrique Pareja, este le lavó el cerebro y le hizo que no volviera a Ayapel para dejar en esta tierra a una recién nacida de nombre Carmen Rosa, uno de los cinco hijos que tuvo el papá de García Márquez antes de casarse con Luisa Santiago, la madre del escritor.

Gabriel Eligio García Martínez y Luisa Santiaga Márquez, los padres de Gabriel García Márquez – Foto: El Universal

Carmelina, se quedó esperando un buen tiempo el regreso de su prometido. Pero, ¡no! La realidad fue otra, Gabriel Eligio no solo se fue con la ilusión de una mujer, sino con todas esas narraciones que escuchó en los momentos de bohemia, los mismos que enriquecieron e influyeron en su imaginación para ser parte de los relatos que sostuvo con su hijo en largos conversatorios llenos de fantasías de los cuentos de esta región del Caribe: Ayapel y la Mojana.

Carmen Rosa García Hermosilla, la hermana de García Márquez, nació y creció en Ayapel, hasta que el sanmarquero Carlos Ealo se enamoró y se casó con ella. Vivieron en el corregimiento de Cecilia, después se trasladaron a San Marcos. Su madre Carmelina, también partió a vivir a esa población del San Jorge, y a peso de máquina de coser, en su vivienda en la calle Luis Striffler, logró levantar a sus hijos. Carmen Rosa García, la ayapelense hermana de Gabito tuvo tres hijos: Carmen Enit, Ana Milena y Carlitos, quienes se fueron a vivir a Barranquilla.

El sortilegio de Ayapel con García Márquez era mayor. La lancha La Corozal, del capitán Homero, arribaba todas las semanas en el puerto de la iglesia. Dentro de la tripulación venía siempre su hijastro: Miguel Reyes Palencia, el hombre que inspiró a Gabriel García Márquez para escribir Crónica de una muerte anunciada. Reyes Palencia (Bayardo San Román en la novela) mandó a confeccionar el vestido de matrimonio en Ayapel, donde Dora Álvarez, la modista de renombre en el pueblo que vivía en la calle El Castillo, en el lugar del desaparecido Almacén Punto Rojo.

—Niña Dora… me va a coser un vestido de matrimonio como usted sabe.

—¿Con cola larga? —le preguntó la niña Dora.

—Mire, aquí están las medidas. ¡Hágalo como si fuese para usted! —le ordenó casi risueño por la confianza ciega en la costurera.

Un 20 de enero de 1951 Reyes Palencia se casó con Margarita Chica Salas (Ángela Vicario en la novela de Gabo) en Sucre-Sucre, pero nunca convivió con ella, porque no la encontró señorita. Decepcionado se vino a vivir a Ayapel, donde montó un negocio en la casa actual de doña Virginia Torres, fue una estadía muy breve.

Los funerales de la Mamá Grande es una colección de ocho cuentos publicado en 1962.

El hechizo de Ayapel llevó a García Márquez plasmar el nombre de este pueblo en varios escritos. En dos cuentos: Los funerales de la Mamá Grande, historia tomada de sucesos vividos en La Sierpe. Detalla en unos de sus apartes «…gente sencilla que asiste… allí estaban, en espera del momento supremo, las lavanderas del San Jorge, los pescadores de perla del Cabo de Vela, los atarrayeros de Ciénega, los camaroneros de Tasajera, los brujos de la Mojana, los salineros de Manaure, los acordeoneros de Valledupar, los chalanes de Ayapel, los papayeros de San Pelayo…»; y en el cuento Del amor y otros demonios: «…Antes de terminar el novenario había hecho donación a la iglesia de los bienes materiales que sustentaron la grandeza del mayorazgo: una hacienda de ganado en Mompox y otra en Ayapel…». En forma indirecta relaciona la telaraña alucinante de los amoríos de su padre en un tercer escrito Los amores en tiempos del cólera. Ayapel hizo y hace parte de ese contexto espacial de la historia con un entorno que evidencia la riqueza del pasado de esta tierra. Por último, en su autobiografía Vivir para contarla, García Márquez relata: «… siendo telegrafista de Ayapel, a los veinte años, tenía una hija de meses, a la que no conocía y se llamaba Carmen Rosa, A la madre de este había prometido volver para casarse, y mantenía vivo el compromiso cuando se le torció el rumbo de la vida por el amor de Luis Santiaga»

Ayapel, no solo sirvió de fuente a García Márquez; otros escritores como Jesús del Corral, en su obra Que pase el aserrador; William Ospina, en su magistral libro Ursúa; y Leopoldo Berdella de la Espriella con su espléndido cuento Juan Sábalo, entre otros, han relacionado a este pueblo maravilloso en sus textos literarios.

POSDATA: La elaboración de este escrito fue posible gracias a los aportes y datos consignados por:

—Abogado, Fernando Ávila Aguado, en Montería.

—Orlando García Aguado, en Ayapel.

—Mariana Álvarez, en Ayapel.

—Exsenador de la República, Carlos Martínez Simahan, El papá de Gabo: una vida de novela, marzo 13 de 2020.

—Periodista, Dasso Saldívar, en Madrid (España)

—Gerald Martín, Gabriel García Márquez: Una vida.

—Gustavo Tatis Guerra. Macondo estaba en su casa. El Universal, 21 de octubre de 2012.

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