Cuento | Laura Marina

Por: Bernardo José Rivero Ramos

“….. Laura se fue, no dijo adiós;
dejando rota mi pasión.

Laura quizá, ya me olvido

y otro rozo su corazón….”

Nek

I

La pasión es la ceguera del amor. Tener 22 años y entregarse locamente a una mujer, sin medir consecuencias, es la más temeraria actitud sentimental. Nunca pensé que las cosas fueran a llegar tan lejos ni que la vida me diera tan pronto su primera lección.

Iba ingresando a la alcaldía para aportar unos documentos, requeridos para el trámite de mi primer sueldo, como maestro de escuela, cuando me topé con ella. Era  la mujer más hermosa que mis ojos hayan visto. Su blancura contrastaba con el rojo de su corpiño; ojos negros como su cabello; negro azabache que marcaría mi debilidad. Un jean de color blanco, ceñido al cuerpo, que resaltaba su torneada figura. Sus labios de rojo carmesí y una mirada alegre, viva, muy pícara, que retrataban la belleza de aquella espectacular graciosidad. Fue la sorpresa más agradable que había recibido en muchos años.

Yo entraba, ella salía.

-Hola, buenos días.

Alzó la vista, me miró a los ojos y, lacónicamente, me respondió:

-Hola

Y se marchó.

Me quedé maravillado observando sus pasos, iba sin afán pero con un caminar rítmico, firme, sensual, provocador, diferente. La observé hasta cuando volteó la esquina de la calle del comercio, no sin antes, mirar un poquito hacia atrás, a sabiendas que yo la seguía con mi mirada y picaronamente alzó su mano derecha y la batió levemente para despedirse.

-Te quedaste lelo.

Me dijo Iris, la mensajera de la alcaldía.

-Es mujer de un policía; no te hagas ilusiones

-Pero es muy hermosa.- Repliqué. -me la tienes que presentar.

-No te preocupes, prosiguió Iris.-Es mi amiga.

-¿Y que buscaba?

-Vino a dejarme las llaves del apartamento; va para Montería; ella trabaja en Montería. Y remató Iris.- Yo le hago el aseo dos veces a la semana.

Desde aquel momento estreché más los nexos de amistad con Iris. Me dijo que se llamaba Laura Marina, que no sabía en qué lugar trabajaba en Montería, solo que viajaba los jueves y regresaba los martes por la mañana. Que era mujer de un policía pero que hacía más o menos ocho meses no se sabía de él. Lo habían trasladado para Urabá, pero que ni en el comando de policía local ni departamental, le informaban sobre su paradero, por lo que ella buscó trabajo.

El miércoles de la semana siguiente, Iris me la presentó en su casa. Llegué como a las 7:00 de la noche, hacía un calor infernal, estábamos en el mes de Marzo y  no venteaba; la humedad hacia más fastidioso el clima, sin embargo las dos anfitrionas me atendieron en forma amable. Iris, discretamente, nos dejó solos en la terraza de la casa. .Hablamos de cosas informales, le conté que era docente en una vereda llamada El Palmarito; que viajaba todos los días y regresaba por la noche, porque otro amigo, maestro también, tocaba guitarra y habíamos formado un dúo y ensayábamos todas las noches.

-Me encanta la guitarra, – dijo, un poco melancólica.

– mi padre es un gran guitarrista.

Tenía un tono de voz dulce, suave, tenue,  parecía una melodía.

-Soy de Manizales. Y continúo hablando como si tuviésemos mucho tiempo de conocernos.

-trabajo en un grill. No me he trasladado a vivir del todo allá, porque aquí me sale más económica la estadía, a pesar de que tengo que viajar. Además,-prosiguió- de un momento a otro puede regresar Giraldo, mi marido; o mejor, mi ex marido, porque si se aparece por ahí, termino de inmediato la relación.

Primera sorpresa, traté de asimilar; sin embargo y casi que bruscamente repliqué.

-No te reprocho; pero, ¿por qué trabajas en un lugar de esos?

-Es una historia larga.

-eres muy linda, quizás podrías trabajar en una empresa como un almacén de cadenas; por decir algo, los almacenes Ley o en una oficina.

-Es verdad, pero en un lugar de esos no voy a ganar lo que me gano en mi trabajo.-Y prosiguió.- Tengo mis propios planes. Y si estoy preparada para trabajar como secretaria en cualquier oficina. Estudié Comercio y manejo bien la mecanografía; pero te reitero, tengo mis planes y necesito ganar dinero pronto y rápido.

-¿Y lo de Giraldo?

-Fue algo circunstancial, a él lo conocí en El Crisol, así se llama el grill donde trabajo, fue cliente reiterado mío, le conté mis planes y prometió ayudarme a realizar un trámite que estoy adelantando, porque tenía los contactos y eso es lo que busco. Para ser más explícita, lo de Omar Giraldo fue por conveniencia.

Para evitar que la conversación tomara un aire conflictivo, cambié de tema y le dije una trivialidad.

-Oye, tienes un nombre muy bonito.

Sonrió y me dijo. ¿Sí?, Laura Marina. No sé de donde lo tomó mi madre.

-Un nombre para hacerle una canción.

-No me digas que eres también compositor

-No, pero por ti sería capaz de serlo.

Pasadas las 9:00 de la noche, me despedí de ambas y acordamos que el martes siguiente haríamos una cena y departiríamos un poco.

Se me hicieron eternas las horas, los días y no veía el momento de volverme a encontrar con Laura Marina. Fui, por esos días, como en tres ocasiones donde Iris, sólo a hablar de ella; a tratar de escudriñar más información, pero todo concluía en que era la mujer de un policía, que la había conocido porque alguien la recomendó como la muchacha que le podía hacer el aseo semanal en su apartamento. Finiquitamos los planes para la cena. Ingredientes para la comida, bebidas y hasta la música que escucharíamos.

II

Ese día llegó más hermosa que nunca. Vestía una minifalda de color azul, con vivos blancos en forma de diminutas flores, con escote pronunciado que mostraba la voluptuosidad de sus senos y las curvas de su escultural figura cual modelo de pasarela, maquillada con colores fuertes para resaltar más su tez  blanca. No niego, tenía mucha ansiedad y nerviosismo porque las cosas parecían premonitorias y que, tal vez podrían afectar mis sentimientos. Pensaba que empatizábamos demasiado y que el amor no tardaría en tocar nuestra puerta. Me llevé la guitarra. Iris preparó un menú criollo, arroz de gallina, sancocho, un poco de ensalada y un dulce casero, a manera de postre, que le había enseñado a elaborar Laura Marina. La cena la acompañamos con una copa de vino y un LP de música romántica, engalanaba el momento. Ron viejo de Caldas, con hielo y un tris de Coca Cola con limón fue el licor que nos permitió hacer más agradable ese encuentro. Poco después saqué mi guitarra y canté algunos boleros y baladas, que algunas veces ella cantaba conmigo; hasta cuando, repentinamente, se acercó y me dio un beso. Se me juntó el cielo con la tierra, sentí que la felicidad había llegado envuelta en una canción y nos besamos hasta la saciedad. Confieso que tenía poco recorrido en las lides del amor; a esa edad la mente y los pensamientos se turban. Me encontraba excitado y muy nervioso. Sin embargo ante aquel el juego de besos y caricias me sentía volar hacia otro mundo. Iris, nuevamente en forma discreta, nos dejó solo. Me hizo señal de la habitación y desenfrenados, como si el mundo se fuera acabar, nos entregamos en una alocada relación que repetimos dos veces más. Todo había ocurrido tan rápido, tan de repente.

A la una de la mañana la llevé a su apartamento. El pueblo estaba solo, en silencio, los perros nos miraron indiferentes, todo estaba en calma; las estrellas y la luna guiaban nuestro romántico andar. Íbamos abrazados y nos dimos una interminable cadena de besos. Para esa época el servicio de fluido eléctrico era hasta las 12 de la noche, suministrado por una planta obsoleta que funcionaba con acpm y demoraba más averiada que trabajando, estaba ubicada en lo que son hoy unas dependencias de la alcaldía. Laura Marina vivía en un apartamento pequeño en  el barrio El Porvenir. Nos volvimos a besar largamente y entró a su aposento.

Los encuentros continuaron todos los martes y miércoles, porque ella regresaba el jueves a su lugar de trabajo. Fue mi laboratorio de relaciones eróticas, nunca nadie lo había hecho como ella, era una maestra en las artes amatorias y cada vez más despertaba mi pasión, en nuestros encuentros le dábamos rienda suelta a toda clase de fantasías sexuales y me sentía atrapado en un laberinto sin salida. Laura no aceptaba la idea que nos organizáramos, que nos fuéramos a vivir juntos; lo nuestro para ella era sexo, pasión, lujuria, trago música. Siempre decía que se sentía muy bien conmigo, pero que la relación no podía ser tomada como formal, en serio. Eso me estaba enloqueciendo.

III

No podía caer mejor la fecha de mi cumpleaños que, un miércoles, primero de abril. Era día de descanso para Laura Marina. Me preparó una sorpresa: A parte de la consabida cena de cumpleaños, trajo de Montería dos paquetes; el primero contenía una moderna camisa, marca Primavera, cuello sanforizado, manga larga, color azul celeste y el segundo paquete, ¡oh sorpresa!, una guitarra acústica, fabricada en Marinilla. No cabía de la dicha; era la felicidad completa, una mujer hermosa, detallista, con quien compartía todos los placeres; por Dios, qué más le podía pedir a la vida. Celebramos con Iris, esa noche canté a reventar, bebimos como locos, reíamos, bailábamos, improvisaba canciones, hasta cuando el licor hizo sus efectos y nos dormimos. El jueves, en medio del guayabo, viajó para su rutina de trabajo, que cada vez se me convertía en una tortura.

Cuando estamos enamorados queremos convertir a nuestra pareja en una posesión; casi que en una propiedad privada. No aceptamos que los seres humanos somos libres e independientes. Mi plan era juntarme con Laura Marina, a cualquier precio. Hacer nuestras vidas, formalizarnos como pareja. No importaba en lo que estuviera trabajando, yo había vencido los prejuicios, aunque en mi familia las cantaletas se hacían cada vez más permanentes. Yo la adoraba, quería estar con ella las 24 horas; me hacía ilusiones; soñaba con hijos, una casa, un buen empleo vivir el resto de mi vida con la mujer de mis sueños.

Mi mamá y mis hermanas empezaron a hacerme reparos por la relación, a cada momento me enrostraban el tipo de mujer que era, una simple prostituta, que por muy hermosa que fuera, no podía ser la pareja para un joven como yo, recién graduado de bachiller, de familia noble, respetable en el pueblo y la región. Que habían muchas jóvenes señoritas, de buena familia, educadas, que podían ser mi esposa. Además, estaba empezando la vida y que mis propósitos debían ser estudiar una carrera universitaria. No estaban alejadas de una gran verdad, pero yo estaba enloquecido con Laura Marina. Veía por sus ojos, respiraba su aliento; todo para mí, giraba alrededor de ella. Mis amigos también empezaron a reprocharme; hasta se burlaban de mí. Opté por aislarme. A Julio lo trasladaron para su tierra natal, San Pelayo. Ya no practicaba música, solo me dedicaba a trabajar en la escuela, encerrarme en mi habitación y esperar el día martes y volver a sufrir el jueves, con la partida de Laura Marina para Montería.

Laura Marina me había advertido que nuestros encuentros siempre serían en Buenavista. Que en ningún momento fuera a su lugar de trabajo. Primero, porque quizás no iba a estar disponible para atenderme; segundo, porque los costos en el grill eran excesivos, muy altos, para mi presupuesto. No le llevé la contraria por temor a una discusión o a lo más grave, al rompimiento de nuestra relación. Yo la adoraba y me conformaba con los encuentros semanales, así me doliera el alma de pensar lo que estaría haciendo con otros hombres en esos días “laborales”. En mi cerebro retumbaba la palabra que en mi pueblo decían cuando un hombre tenía una relación permanente con alguna prostituta, “cabrón”; yo me había convertido en un  “cabrón de puta fina”. Sin embargo, me llené de valor, junté un dinero y quise darle una sorpresa. Un sábado llegué a “El Crisol”, como cualquier cliente común y corriente, solo, decidido a lo que ocurriera; me senté en una mesa, pedí una cerveza y empecé a revoletear mi vista para ver si la veía. Todo era a media luz, las “niñas” estaban sentadas en un sofá gigante, en forma de semicírculo, de color rojo, todo era tapizado, la sala estaba totalmente alfombrada, se veía el cachet por todas partes, la música suave. Algunas de las trabajadoras estaban en el sofá a la espera de clientes, otras en diferentes mesas atendiendo a los suyos. Hasta cuando vi a Laura Marina. Estaba sentada con varias personas en la parte sur del salón, hermosa como siempre, vestida con una maxifalda, semiabierta en la parte de adelante, de color rosado, se notaba alegre, efusiva y hablaba muy apegada a un señor de tez morena, alto, como de unos 50 años, bastante elegante, con un sombrero de color negro, de fieltro. Trató de simular su sorpresa cuando me vio. Quedó como pensativa por un instante, hasta cuando vi que le hablo al oído a su acompañante, se paró y caminó  hacia mí.

-Hola, mi rey, ¡que sorpresota!. Se inclinó y me besó en la mejilla.

-¿Qué más, cómo estás? Fue mi saludo, un poco seco.

-¿Viniste solo?

-Sí, el que anda sólo, sólo se levanta de cualquier caída.

¿Y eso?

No, quise darte una sorpresa; pero el que se sorprendió fui yo.

-Ve, mi amor; te había advertido que este es mi lugar de trabajo; que sabias de antemano lo que hacía, jamás te lo negué y era preferible que nunca llegaras a este sitio. Pero, bueno, ya que estás aquí, te invito a la mesa o te llamo a una amiga que te acompañe. Todo a mi cuenta.

Jum…..no se……no pretendo demorar, quiero marcharme pronto. Me reprocho haber venido. Tienes razón no debía hacerlo, no estoy acostumbrado a este ambiente.

-Tú sabrás, no te estoy echando, antes te estoy invitando a que disfrutes del momento y no te preocupes por dinero que, como te dije, yo pago todo. Si no me acompañas a la mesa, te llamo a Ofelia, mi mejor amiga y puedes, incluso, pasar la noche con ella. – y, socarronamente me dijo- no te preocupes que yo no soy celosa.

Sin esperar respuesta salió hacia el sofá de espera, habló con una jovencita-como todas- muy linda, rubia, de ojos claros, la tomó de la mano y me la trajo hasta la mesa, se sentaron ambas y pidió al mesero un servicio con ron Medellín. Se acercó a mi oído y me contó:

-Amor, los clientes que están conmigo, son unos contrabandistas. Son de lo mejor, tienen mucha plata, me tratan bien, me pagan súper. Aquí llegan médicos, abogados, ingenieros, políticos, comerciantes, contrabandistas, son los clientes habituales de estos sitios. Yo estoy ahorrando todo el dinero que puedo y aunque este no sea un trabajo digno, a través de él es que quiero cumplir mis sueños. Te hago una infidencia, mi familia cree que trabajo en una fábrica de confecciones aquí en Montería. -Y remató- te cuento que ahorita van a pagar una multa en la administración, suelen hacerlo, para irnos, cuatro compañeras y yo, a una isla que queda frente a San Bernardo del viento. Allá hemos ido varias veces, permanecemos como de 3 a 4 días, cada vez que ellos dicen que “coronaron” un embarque. Y me sorprendió con una frase en Latín cum finis est licitus, etiam media sunt lícita”.

Me tomé la media de ron con mi compañera ocasional, no quise llevarla a la cama, hablamos de cosas informales, me comprendió o se compadeció de mi situación, de la cual le conté con lágrimas en mis ojos, me mostró amistad. Le pedí que llamara a Laura Marina para despedirme. Mas confundido que nunca regresé a mi pueblo.

IV

Llegaron las vacaciones de mitad de año. Aproveché para pasarme unos días en la finca de mi papá, en parte para desestresarme y en parte, para librarme del asedio y las cantaletas permanentes  de mi mamá y  mis hermanas. Regresaba al pueblo los consabidos martes y me regresaba el jueves por la mañana, cada vez más atormentado. No me sentía con la fuerza de voluntad para romper la relación con Laura Marina.  Estaba convertido en un perfecto cobarde, me hacía a la idea que terminar el romance, tan apasionado entre los dos, no iba a resistirlo y podría afectarme tanto que podía llevarme a cometer una locura. ¡Virgen Santísima!, no sabía que iba a hacer con tanta presión. Por un lado mi familia y por la otra el tormento que ella no era mía, era la mujer que tenía que compartir constantemente con otros hombres. No sentía que lo de ella fuera amor -y me lo decía- era solo el pecado mortal más antiguo del mundo.

Empecé a urdir un plan para hacerla totalmente mía, ¡Qué locura!. Fui donde el padre Rafael Aranda. Sin contarle toda la verdad, le pregunté si podía casarme sin el cumplimiento de tanto protocolo. El sacerdote aprobó mi propuesta y me señaló los requisitos, partida de bautismo de ambos, con nota marginal; dos testigos y cuando tuviera todo, me fijaba fecha para la boda. Salí más desconsolado  que alegre del despacho parroquial. ¿Cómo iba a hacerle la propuesta a Laura Marina para que tuviera el efecto deseado?

A su llegada y luego de nuestro acostumbrado protocolo amatorio, le solté perla. Oh, Dios, ¡qué infantil propuesta! Se compadeció de mí, me miró con algo de lástima. Tiernamente  agarró mi mano, me besó suavemente y me dijo.

-¿Por qué quiere acabar con la magia de nuestra relación? Lo que tenemos es muy bonito.- Y prosiguió- Yo te complazco en todo; ni siquiera tengo necesidad de estar en este pueblo, lo hago por ti, porque me siento bien a tú lado, tú eres un muchacho noble, sin ningún tipo de malicia y, sin ofenderte, a veces ingenuo. No todo lo que crees que es amor, es eso. Somos adictos al sexo, quizás por nuestra juventud y tú en eso me haces sentir muy bien; y no te lo niego con nadie me siento tan placenteramente bien como contigo, eres especial, pero a pesar que yo tengo tú misma edad, me he trazado un propósito y quiero realizarlo, es mi sueño, y en eso no está incluido, por ahora, un matrimonio. Sé que es difícil para ti, pero algún día lo vas a entender y hasta me lo agradecerá. –Y me dictó una sentencia- márchate de este pueblo, estudia una carrera, busca otro mundo, no te quedes aquí estancado; te lo mereces. Jamás había sentido una frustración tan grande.

Las aguas, después de ser agitadas por la creciente, vuelven a tomar su cauce. Nos dejamos llevar por la corriente: Martes, miércoles, sexo, ron; jueves, tristeza, trabajo, soledad, rutina. Me corroían el alma sus palabras, me sentía impotente, débil, no fui capaz de convencerla con un matrimonio, no funcionaron “los pajaritos en el aire” ni “los castillos de oro”, Laura Marina tenía puestos sus pies sobre la tierra, yo volaba. Era un iluso. Lleno de valor -.creí yo- tomé la decisión de romper la relación…..Oh, niño ingenuo, no tienes ideas lo que es la fuerza de voluntad,  aún no la habías conocido en la vida. El miércoles quise decirle a Laura Marina que era el fin de nuestra relación, pero cuando la vi tan hermosa, con esa sonrisa pícara del primer día de nuestro encuentro, acompañados de canciones románticas, bajo los efectos del alcohol hice un esfuerzo por entender la sentencial canción de Raphael, “es que el amor, es amor y no obligación, como piensa la gente…..”. No tuve el valor ni la capacidad para romper, de un tajo, esa idílica pasión.

V

El Coronel Acosta, director de la Policía departamental de Córdoba, llamó a Laura Marina a su despacho. Le leyó un poligrama con el que se despejaba la duda acerca del paradero del policía Giraldo. Incólume la recibió y sin soltar una sola lágrima, dio las gracias y se marchó. El agente, Giraldo Omar, había perecido ahogado en el río Atrato, cuando realizaba un patrullaje de rutina y la pequeña embarcación donde se desplazaba naufragó. Su cuerpo fue trasladado hasta Ibagué, donde le fue entregado a su familia y sepultado cono honores.

Laura también había recibido una notificación de Bogotá, a donde hizo un viaje relámpago, cumplió con la cita y regresó a Montería. El martes estuvo en Buenavista, nos encontramos, y como siempre, hubo sexo, alcohol, música, ya dentro de la rutina a que nos había sometido una relación solo llena de placer, no había imaginación, cumplíamos con una copulación de cuerpos en estado de embriagues; ausencia total de una satisfacción plena, solo orgasmo y eyaculación.

El martes siguiente, después del 20 de Julio, no vino. Quizás podría andar con algún cliente especial. Al siguiente tampoco y me asaltó la duda. El sábado fui a Montería. En El Crisol me encontré a Ofelia, de entrada. No pregunté por Laura Marina, pensando que podría estar  con alguno de sus clientes. Me ubiqué en una mesa, esta vez, Ofelia de inmediato me acompañó, pidió un servicio y sin tanto rodeo, me entregó una nota. Quedé estupefacto, mudo, me tomé la copa llena de licor y procedí a leer.

“Hola, mi amor. Las cosas ocurrieron tan rápido en estos días. Por un lado la noticia de la muerte de Giraldo y por el otro, la cita de la embajada americana donde me otorgaron la visa. Recuerda que te dije que tenía mis planes y que todo lo que estaba haciendo en este indignante trabajo era para ahorrar unos recursos para viajar a los Estados Unidos, en busca de un mundo mejor. Quizás cuando leas esta nota, ya esté en Nueva York. Te deseo toda la felicidad del mundo; no olvides mis consejos. Besos”.

No sé de qué manera ni en qué momento me tomé la media de ron con Ofelia, ni siquiera tuve que pagarla, Laura Marina la había dejado cancelada. Regresé al pueblo. No paraba de llorar. Al día siguiente busqué a mi amigo confidente, Orlando Benítez. Fuimos a tomar al “El Tamarindo”, me desahogué, se compadeció de mí e hice un juramento: Con la primera novia que me encuentre, me caso. Y lo cumplí.

EPÍLOGO

Hace dos meses recibí una invitación de amistad por Facebook, acompañada de un mensaje. “Hola, ¿eres el mismo personaje que conocí hace muchos en un pueblito llamado Buenavista? Soy Laura Marina”. Quedé turbado por un buen rato, no lo podía creer. Las maravillas de las comunicaciones, lo que hace la tecnología. Sin embargo, no le di el clic para aceptarla como amiga, internamente le di mi correo y empezamos a comunicarnos. Me dijo que llegó al país del norte, también con un propósito. Trabajó en oficios varios, menos en la prostitución porque allá es delito, se dedicó a aprender el idioma ingles en forma fluida y cuando lo logró se matriculó en la universidad. Terminó una carrera, se doctoro e ingresó al mismo ente universitario como profesora de física. Se casó tuvo dos hermosas niñas, hoy todas mayores. No usa Facebook, pero por esos avatares de la vida creo una cuenta y se acordó de mí y no le fue difícil encontrarme. Sus padres viajaron años después a la USA, allí fallecieron. Me contó otra infidencia, que ante el desprecio y la discriminación de la familia de su primer novio en Manizales, con quien perdió la virginidad y la abandonó, juró que se iría a los EE.UU y regresaría a Colombia como profesional. Que supo el lamentable estado de él; que, a pesar de haber terminado derecho, cayó en una situación de alcoholismo, está separado de su esposa y en un estado económico calamitoso. Que ella ha venido pocas a veces a Colombia, que adquirió la nacionalidad norteamericana y está a punto de pensionarse. Y recordé su frase en latín: “El fin justifica los medios

Simplemente le dije que me había resignado a vivir en este país tercermundista.

Medellín, Junio 11 de 2018.

 

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