CULTURA

Cuento | El adiós a Cucarachita Martínez

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Por: Bernardo José Rivero Ramos

“La cucaracha, la cucaracha;

Ya no puede caminar.

Porque le falta, porque le falta,

La patica principal”

Corrido español – Francisco Rodríguez Marín.

Luego de haber pasado un tiempo sin que Cucarachita Martínez se resignara a la pérdida irreparable de su marido, el Ratoncito Pérez; que la sumió en una gran depresión y la cerró de luto, se propuso levantarse de su desgracia.

Acostumbrada a que su roedor marido le llevara todo a su hogar  y disfrutar del más cálido amor que podía vivir una pareja en una eterna luna de miel; el hambre, la soledad y las ganas de ser una cucaracha útil, la impulsaron a salir nuevamente de su hábitat y  luchar por el pan de cada día.

Fue muy triste para ella aquella mañana en que su adorado esposo, Ratoncito Pérez, por estar de glotón, se fue de su vida en circunstancias absurdas. La historia nos cuenta que Cucarachita Martínez cocinaba para el desayuno una suculenta mazamorra de maíz y se percató que no tenía panela. Fue hasta donde una vecina a pedirle un pedazo y se demoró más de la cuenta chismoseando sobre los hechos del vecindario.

Ratoncito Pérez se llenó de ansiedad, y pensó en la exquisitez del manjar. Quiso probar el cocido y rodó un taburete de cuero hasta los bindes de la hornilla; se subió hasta el borde de la olla, se lamió el bozo y cuando se disponía a tomar el primer sorbo, aturdido por el intenso calor de la hirviente mazamorra, pisó en falso y ¡chapenden! Cayó dentro del recipiente.

Cuando Cucarachita Martínez regresó encontró al Ratoncito Pérez sin vida flotando entre los granos de maíz y la leche, totalmente irreconocible.

Los animales le dieron las condolencias, acompañaron el sepelio y no faltó uno que otro que le ofreció ayudas a la hermosa viuda.

Desde ese momento se cerró de luto y tomó la decisión de no salir de casa.

Su larga pena, la postración y el dolor, la mantuvo por mucho tiempo sin comer y sin conciliar el sueño hasta que finalmente decidida salió una tarde, en busca de comida.

Subió la pared de una vivienda cercana, caminó por el patio, buscó la rendija de una puerta e Ingresó a la cocina de doña Fulana. Allí encontró algunos alimentos con los que pudo mitigar su hambre. Recordó que, menos mal, no logró concebir hijos, porque estarían sufriendo las verdes y las maduras y toda clase de penurias. Quizás le hubiera tocado ubicarse en los semáforos para pedir una monedita, mostrando a sus hijos para despertar lástima. O hacer las largas y tediosas filas en las oficinas del SISBEN, para que el rey león le diera una ayudita.

Ya más animada y convaleciente reinició sus andanzas.

Cierta noche, Doña Fulana después de cenar, dejó unos platos de comida para su esposo y sus dos hijos, medio tapados en una de las gavetas de su cocina. “Presa fácil”, se dijo Cucarachita Martínez y sigilosamente penetró por una ranura, fue hasta donde estaba un plato de arroz con coco y empezó a comer. De pronto escuchó un ruido; era la puerta de la gaveta de la cocina que doña Fulana abrió para sacar el plato. La señora se encontró con la escena y enfurecida lanzó un manotazo a Cucarachita Martínez, que por poco le arranca las alas y cuando cayó al suelo, doña Fulana agarró la escoba, le tiró con todas sus fuerzas pero cucarachita milagrosamente pudo salvarse, no sin antes escuchar las imprecaciones de su verdugo y perder un poquito de su hermosa figura. Salió rauda hasta su escondite, con el corazón que se le quería salir del pecho por el miedo. Era la segunda vez que había salido a buscar comida, luego de la muerte de su amado.

Durante el recorrido de regreso pudo percibir un olor fuerte y penetrante alrededor de la cocina y que la dejó mareada, era un poderoso veneno contra las cucarachas. Pero ella había desarrollado un antídoto que la salvaguardaba de cualquiera de esos productos y hasta podía resistir las inclemencias del clima.

En los días siguientes, Cucarachita Martínez sostuvo su alimentación con una que otra migaja que encontrara cerca de su guarida. Aún no se le había pasado el miedo del ataque violento de “la bruja” como ella la llamó; pues doña Fulana era una vieja gorda, fea y amargada. La hermosa cucarachita estaba recuperando sus alas.

Sin embargo, pensó que el lugar tenía una buena despensa para mitigar el hambre y que podía ingresar en horas más avanzadas de la noche. Al fin y al cabo, ella era poco lo que dormía.

Escogió siempre el horario de las 12:00 de la noche a 2:00 o 3:00 de la madrugada; ingresaba a la cocina, esculcaba el lugar, ubicaba su presa y comía a reventar. Ya estaba subiéndose de peso y hasta pensó en una dieta, ir al gimnasio o quizás en realizarse una cirugía estética.

Pero el destino le tenía cifrada una mala pasada. Una noche luego de tragarse todo lo que quiso, la digestión le produjo un leve sueño y sintiéndose cómoda en el lugar, muy agradable, fresco, seguro, sin nada que le perturbara su tranquilidad, se quedó descansando. Calculó que podía dormir hasta las 4:00 o 5:00 de la mañana.

Don Fulano, el marido de doña Fulana, regresó muy tarde a casa, borracho, ya que era sábado y estaba departiendo con unos amigos. Pidió su comida, la matrona llegó a la cocina, abrió la gaveta y ¡oh sorpresa!, encontró a Cucarachita Martínez durmiendo plácidamente dentro del plato especial que había preparado.

Su intolerancia llegó al máximo, explotó de ira, lanzó unas frases de grueso calibre y arremetió contra Cucarachita Martínez. Ella, la pobre, harta de comer, subida de peso y medio adormitada, no le dio tiempo para levantar el vuelo y buscar una salida de aquella emboscada.

La señora primero la atacó con un matamoscas; cuándo la vio revoleteando a medias y semi desplumada, buscó el arma mortal con que se mata toda cucaracha en el mundo: una chancla; le asestó un golpe con todas sus fuerzas; y, en forma despiadada, llena de ese odio y repulsión en contra de estos animalitos, la remató inmisericordemente con una seguidilla de chancletazos hasta aplastarla.

No hubo llantos, no hubo sepelio, ni condolencias. Lo más triste de la historia, es que doña Fulana la arrojó al basurero, donde pocas horas después llegaron las laboriosas hormigas y luego de reducirla a pequeñas partes, se le fueron llevando una a una, hasta su redil. Era el último eslabón de esa cadena alimentaria.

Planeta Rica, Febrero 16 de 2015.

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