Espiritualidad | Ser espiritual no es tapar el sol con las manos

Ser espirituales no es dejar de ser reales, ni hacer como si no nos pasara nada. La idea es ser más responsables de nuestras vidas y trascender con buenos propósitos. La espiritualidad nos obliga a estar en coherencia con nuestra propia realidad.

Algunos se refugian en las frases espirituales o en las plegarias y se quedan anquilosados en ellas, pretendiendo que todos sus problemas se les resuelvan en un abrir y cerrar de ojos.

Lo peor es que se la pasan atrapados en unas ‘burbujas’ que, una vez se revientan, los hunden en las más profundas crisis ante la imposibilidad de asumir sus propias realidades.

Los que piensan de esa forma tergiversan el significado de la espiritualidad. Reitero que no podemos quedarnos en leer textos motivadores y seguir con los brazos cruzados, esperando que la vida se nos resuelva de una.

¡Del cielo nada nos caerá!

Con estas palabras no pretendo mezclar la espiritualidad con la religión o con los dogmas, ni tampoco quiero criticar credo alguno.

Sin embargo conozco a muchos ‘rezanderos’ o sabios de las frases bonitas, de esos que gritan a todos los vientos sus actos de fe, que no son capaces de controlar sus propios vacíos internos.

Lo cierto del caso es que nuestros problemas no se solucionan sólo persignándose, cerrando los ojos y quedándonos a la espera de que todo fluya.

Tampoco podemos ser tan incoherentes de decir ‘una cosa’ y ‘hacer otra’. No nos puede pasar lo mismo que le ocurrió al que nos daba consejos de ‘cómo salvar nuestros matrimonios’ y a final él mismo terminó asesinando a su esposa.

Existe una realidad que hay que asumir, no sólo con la mayor dignidad del caso sino también con acciones concretas.

Nuestra alma intuye soluciones, pero hay que cristalizarlas; nuestros pensamientos pueden llevarnos a la oración, pero hay que convertir esa plegaria en un bálsamo real para la cotidianidad; y los mensajes motivadores son buenos, pero hay que ponerlos en práctica. En síntesis, hay que ponerle el pecho a la brisa.

Las buenas intenciones se quedan en letra muerta si nos negamos a actuar. No se puede ‘escapar de la rutina’ desconociendo la cotidianidad.

Podemos captar con nuestros sentidos lo que el alma nos grita, pero también debemos asumir los problemas y las consecuencias de nuestros actos.

Es cierto que la vida espiritual nos llena fe y nos trae calma. Sin embargo, la espiritualidad, aún siendo amor, no es idolatría; aún siendo confianza en sí mismo, no es sobradez; aún siendo fe, no es una fórmula que se escribe y le trae la felicidad a su puerta.

Tal y como ocurre con los analgésicos o los antidepresivos, la espiritualidad puede ser un ‘saludo a la bandera’ si optamos por usarla de forma inapropiada.

En otras palabras: ser espiritual no puede convertirse en una forma de evasión, en una huida, en una ilusión, ni mucho menos puede ser una adicción.

Nos corresponde enfrentar nuestras vicisitudes y para ello será preciso hacer un ejercicio sincero y profundo de autoanálisis. No podemos seguir utilizando la estéril fórmula de ‘hacernos los de los oídos sordos’ y quedarnos esperando a ver qué pasa.

Si no les prestamos atención a las circunstancias de nuestro mundo emocional, nos estaremos exponiendo a que luego tengamos que enfrentar esos mismos problemas, pero de una manera dolorosa.

Hay que pasar de la teoría a la acción y vivir, sin que por ello tengamos que tapar el sol con nuestras manos. Termino recalcando este ‘juego de palabras’: ¡No se puede vivir negando la vida!

Por: Euclides Kilô Ardila

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