Espiritualidad | ¡Al mal tiempo, buena cara!

Espiritualidad | ¡Al mal tiempo, buena cara!

Cuando las cosas se nos complican, lo más conveniente es enfrentarlas con la mejor actitud posible. Una ‘buena vibra’ es clave a la hora de asumir las situaciones de la vida. O sea que ante los acontecimientos traumáticos, lo mejor es ser resilientes.

Es bueno ser sincero con uno mismo y jamás ignorar las difíciles situaciones porque, tarde o temprano, ellas estallarán. Es decir, es fundamental asumir los problemas.

Pero eso no quiere decir que debamos ir por ahí amargados o apesadumbrados por lo que fue o por lo que no pudo ser.

Lo menciono porque en estos tiempos de pandemia y dada la crisis que afrontamos, las caras largas que denotan frustración y de decepción se apoderaron de nosotros y de los que están a nuestro alrededor.

Es cierto que tras la emergencia sanitaria hemos venido afrontando momentos complicados, pero deberíamos entender que las vicisitudes forman parte del diario vivir.

Es decir, con o sin pandemia, siempre enfrentamos situaciones enredadas y en distintos niveles de complejidad.

Sin embargo, lo que realmente diferencia el cómo se sienta cada quien dependerá de la actitud que se asuma ante cada eventualidad. ¿No cree que es mejor ponerle una buena cara al ‘día a día’ y sonreír?

¡La risa es terapéutica!

Y eso no lo digo yo, lo afirman los propios médicos. Según ellos, sonreír es sano; incluso cuando supuestamente no existan motivos para hacerlo.

A usted, a mí y a todos nos corresponde recuperar la chispa de la vida que nos permita plasmar mejores semblantes.

La idea no es acomodarse una sonrisa a juro, sino entender que una de las mejores fórmulas para ahuyentar la tensión radica en el buen humor, en la alegría, en la asertividad e incluso en el relajamiento.

Insisto en decirles que no les estoy planteando que tapen la realidad, ni mucho menos que finjan sus sentimientos. Lo que les planteo es sobrellevar las situaciones de la mejor manera posible.

Me refiero al temple que se debe tener ante la adversidad. Siempre será mejor desplegar una buena disposición antes que ‘bajarse de nota’ o desmoralizarse porque algo se nos salió de las manos.

Eso sí, para recuperar el entusiasmo debemos recurrir a unas buenas dosis de paciencia, comprensión, madurez, humildad y resiliencia. Si no recurrimos a estas medicinas, seguiremos haciéndonos daño con las recriminaciones o las amarguras.

De igual forma, hay que comprender que cada situación adversa se resuelve con pequeños pasos y cada uno de ellos se debe dar con cautela.

Además, de todo esto deben quedarnos valiosas lecciones. Todas las situaciones que hemos vivido han tenido un propósito.

Así las cosas, será fundamental practicar la flexibilidad, ser espontáneos, dejarnos sorprender por lo que la vida nos quiera brindar, ver la incertidumbre como algo inevitable y entender que la confusión también nos obliga a ser responsables con nosotros mismos para no tocar fondo.

Tengo la certeza de que cuanto todo este termine recordaremos el tiempo vivido como un gran proceso de enseñanza y nos daremos cuenta de que, a pesar del dolor, supimos ser fuertes. Si hay algo que nos moldea el carácter es la adversidad.

Otro ingrediente fundamental en este proceso de ‘ponerle buena cara’ a la vida consiste en no perder la confianza en nosotros mismos. Si creemos que somos capaces, podremos seguir enfrentando todo lo que debamos asumir.

Nuestra capacidad de mantener la fe y la esperanza en situaciones negativas es una gran arma. No se nos está permitido tirar la toalla.

También hay que tener presente que en los momentos duros, gracias a Dios, usted y yo podemos mantener la calma.

De hecho, hay que tener claro que el Señor no nos dará más pruebas de las que podamos soportar. Saber eso es asumir una buena cara para el mal tiempo.

Si llegó a esta parte del texto lo invito a elevar al cielo la siguiente plegaria, la cual reza así:

Señor, sé que en ocasiones me afano demasiado por los dolores de cabeza que me agobian. También sé que hay muchas situaciones que me hacen temer, que me llenan de desesperanza, de tristeza y de zozobra. Sin embargo, hoy sé que cuando usted me ofrece su misericordia, mi vida cambia y veo las cosas con mayor sensatez y tranquilidad, sobre todo en aquellas cosas que no puedo cambiar. Le pido su Santa Bendición. Amén.

Por: Euclides Kilô Ardila

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